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LA CHICA DE LA CURVA. PARTE 1

18:15, decía el reloj. Las seis y cuarto, lo que significaba que había vuelto a salir tarde del trabajo. Solo eran quince minutos de más, ya sé, pero no podía evitar pensar que si sumara todos los cuartos de hora solo aquel mes me hubieran debido un día de vacaciones. No es que importase, supongo que simplemente estaba cabreado y probablemente fuera porque estaba cansado y agobiado. Desde que me levanté aquella mañana había tenido la sensación absurda de que el mundo estaba en mi contra, cuando seguramente era yo quien estaba harto de todo lo que me rodeaba. Y además hacía un calor insoportable.
Mientras caminaba hacia el coche me di cuenta de que me pasaba el día atrapado en rutinas circulares, hacía lo mismo, sentía lo mismo, incluso pensaba lo mismo. Ahora, como hacía últimamente cada vez que salía del trabajo, tocaba quejarse del sol, que caía a plomo sobre la tierra. A pesar de eso, mi impresión era que una nube negra pendía sobre mí, me sentía pesado yo mismo, espeso. Decidí que aquella tarde, en vez de ducharme, comer algo y después bajar a por la cerveza fría al bar de abajo de casa, haría al revés, empezaría por una, no, dos cervezas heladas y quizá cenase algo en el mismo bar. Había un buen partido pero no lograba recordar cuál. Tampoco me importaba. Solo necesitaba relajarme, dejar de pensar, dejar de hacer cosas que no fueran estrictamente agradables para mi cuerpo. Es lo único bueno de trabajar, pensé, que te regala esa sensación de haberte merecido pasar de todo lo demás y darte un gusto. Un polvo no estaría mal, se me ocurrió fantasear, y se me escapó una sonrisa. Era miércoles, no tocaba salir. Aunque, de todos modos, no es que salir fuera tampoco garantía de nada. Abrí el coche y me dejé caer en el asiento. La atmósfera dentro era irrespirable, el aire caliente te inundaba los pulmones. Corrí a abrir las ventanillas (recordándome que ya era hora de llevar el aire acondicionado a mirar), me quemé con el metal del cinturón de seguridad, dije alguna barbaridad, freno de mano, llave, embrague. Otra nueva rutina. Yo ya solo pensaba en la cerveza y vagamente en que me la tomaría sudado. Tampoco me importaba.
La nacional era como una procesión de Semana Santa. Sabía que era otra estupidez, pero de nuevo (siempre de nuevo) volví a pensar que «siempre me tienen que tocar a mí todos los gilipollas», el que va lento, el que se salta un ceda, el que se incorpora sin poner el intermitente… Lo bueno del trayecto era que bordeaba la costa y aunque nunca fui muy de playa, relajaba levantar la cabeza cada tanto y ver el mar. Cuando te acercabas a los pasos peatonales se multiplicaban los personajes playeros, parejas, familias, solitarios… Todo un mundo. Me di cuenta entonces de que el verano no empieza cuando empieza el calor o cuando tiene a bien Don San Juan, sino cuando a uno le dan las vacaciones. Otro de los incentivos del viaje era que vez en cuando veías a alguna chica guapa, cosa que me alegraba y me crispaba por igual. No hay cosa peor que la tensión sexual no resuelta, en especial si eres soltero, como era el caso. También, a veces, aparecían grupitos de chicas jóvenes, siempre riendo, como si la vida fuera una fiesta. Raro era el día en que no elegía a «la chica del día». Como aquel día la fila de coches casi no avanzaba, me propuse encontrar una bien espectacular, la que me acompañaría en mis fantasías de aquella noche. Una cara mona, un pelo recogido, una faldita volátil, de esas de playa, con flecos, unas buenas tetas, para qué engañarnos. En fin, que no buscaba a mi futura esposa, solo un poco de alegría para la vista y un poco de recordarme que estaba vivo. Y en esas estaba cuando apareció ella, a imagen de la chica de la curva, el cuento ese para meter miedo a los conductores nocturnos, pero sin curva. Casi como si hubiera estado escuchando mis pensamientos. Top mínimo, unos pechos turgentes que parecían querer escapar de su prisión de tela, faldita ligera y floreada, rubia, ella, pelo recogido, sonrisa simpática.