EL REPARTIDOR . Parte 1

Era un sábado de fútbol. Un Barça-Madrid en pleno agosto, rara avis que se presenta cuando resulta que uno ha ganado La Liga y el otro la Copa del Rey. Lo que debería ser una pachanga de verano se transforma en un duelo épico y las muchas horas de no hacer absolutamente nada se llenan de expectativas, de emociones encendidas y de diversión. Como aquel duelo era televisado en abierto, la opción de pedir la cena y verlo en casa ganó por goleada al bar de turno. Nos gusta el fútbol, somos un país futbolero, el opio del pueblo, que dicen. Sea como fuera, un sábado de fútbol repartía noticias de diferente cariz. Gran noticia para mi jefa de la pizzería, gran noticia para los televidentes (fútbol, cerveza y pizza forman un equipo de Champions League) y noticia tipo “corazón partío” para los repartidores. Muchas llamadas significaban propinas potencialmente altas que podían adivinarse mirando el resultado y las banderas que ondeaban en la casa de cada cliente, pero también quería decir estrés máximo. Muchos viajes, mucha velocidad, muchas infracciones del código de circulación, inevitables quejas porque cuando llevas tres o cuatro pedidos como mínimo uno va a llegar frío… Recordaba un Barça-Atleti de no hacía mucho en que estaba en juego el primer lugar de la clasificación y que se celebró también en sábado, en el que yo solo facturé cerca de 700€, lo que en aquel entonces constituía mi récord personal en una tarde-noche de 4 horas y media.

Llevaba tres pedidos en el cajón de la moto. Los dos primeros habían sido en el mismo barrio de la pizzería, fácil, rápido y caliente, como debe ser. 3´20€ de propina, que no es mal botín. El tercero suponía subir bastante al norte de la ciudad. Siempre creí que abarcábamos demasiado pero la jefa decía que no estaba el negocio como para decir que no a un pedido solo porque quedase lejos. Si el depósito lleno daba para ir y volver, se tomaba nota. La parte norte era una zona de barrios de casas y edificios elegantes. Un auténtico palo ir y venir pero un viaje que ofrecía la posibilidad de grandes propinas si te encontrabas con alguien generoso. Normalmente, o te llevabas un propinón o nada en absoluto. A veces, cuanto más se tiene menos se da. Llamé al interfono, solté el consabido “Rapid-Pizza, buenas noches” y me dirigí al ascensor. 34´90€, me dieron dos billetes de veinte y me dijeron que me quedase con el cambio. 8´30€ en una sola salida, iba a ser un buen día. Mientras volvía al ascensor calculé que en lo que llevaba de noche debía de haber acumulado ya unos veinte o veinticinco euros. No estaba nada mal. Antes de tocar al “0”, las manos de una mujer sujetaron las puertas. Al verla entrar se me cortó la respiración. Tenía rasgos latinos pero no muy evidentes, parecía una chica de piel blanca pero bronceada por el sol, más que una chica mulata. Pelo negro y largo, ojos grandes y oscuros, una boca apetecible y un cuerpo de escándalo. Llevaba una especie de vestidito de noche azul, de amplio escote y falda tan corta que pensé que en cualquier momento, si me fijaba bien, podría ver la prominencia de su sexo bajo las braguitas asomando por debajo. Completaban el atuendo unos zapatos de tacón. La chica me sonrió de una forma un tanto extraña, abierta, cálida. Las chicas guapas suelen hacerse las interesantes, se visten para llamar la atención pero luego actúan como si mirarlas fuera una falta de respeto, clavan la mirada en el suelo y apenas si saludan. Esta no. Por un momento pensé cándidamente que quizá había ligado. Quizá esta fuese una chica joven y extrovertida, tal vez me hubiese encontrado atractivo. El uniforme de la pizzería no es que sacara a relucir lo mejor de uno, pero no me tenía por un chico feo, así que, quizá, solo quizá, mi suerte aquella noche fuese más allá de lo previsto. “Buenaaas”, dije devolviéndole la sonrisa. “¿Trabajando un poco?”, inquirió ella. Pregunta retórica pero que me supo a gloria viniendo de ella. “Me da bola”, me dije. Bien. Le contesté que sí, que un poco, por decir algo, que algo había que hacer mientras acababa la carrera para pagarme mis salidas, añadí un poco por justificarme asumiendo que estaba delante de una chica de clase alta. “Victoria, Viky”, me informó ofreciéndome la mano para que la estrechase. “David”, repliqué. No sé si fruto de la euforia por mis propinas o del calentón, no se me ocurrió idea mejor que soltar una de mis gracias: “Podías haberte venido conmigo al reparto, les hubiera dicho que eran los clientes un millón y que les traía de regalo a un pibón”. Enseguida pensé que podía tomárselo mal, que había sido un poco grosero, pero no hizo falta rectificar. La chica soltó una carcajada. “Un regalo… ¿y por qué no te haces el regalo a ti?, ¿llevas dinero?”, disparó.

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