Jerrie . Parte 1

Llegó a casa sobre las nueve y media de la noche. A esas alturas del año, recién estrenado el verano, todavía alumbraban en el cielo los destellos de la última luz del día. Estaba un poco acalorada pero se sentía bien. Había sido un buen día de trabajo, dos servicios agradables, especialmente el primero. Había salido a la una del mediodía, después de una temprana y ligera sesión de gimnasio en un centro que le quedaba muy cerca de casa, y antes de comer. La primera de sus dos visitas de aquel día era a las dos en un domicilio particular del centro y la otra estaba concertada para las cinco en un confortable hotel de cuatro estrellas cerca de la estación de trenes, por lo que decidió comer algo fuera entre una y otra y ya no volver a casa hasta terminar con sus obligaciones. Todos los días podían ser como aquel. Se sentía satisfecha y agradablemente cansada. Dejó los tacones en la entrada y suspiró al sentir el suelo fresco bajo la planta de los pies. En su apartamento había aire acondicionado pero no le gustaba abusar de él y lo programaba el tiempo estrictamente necesario para estar a gusto y fresquita. Fue hacia su habitación. Era una alcoba amplia y de ambiente acogedor, elegante y con escaso mobiliario. Una cama inmensa ocupaba buena parte del espacio y había dos espejos, uno de cuerpo entero en la pared frente a la cama y otro en el techo, sobre ella. Se quitó la falda corta y la depositó con cuidado sobre la cómoda, luego se sacó los tirantes de la exigua blusita que le cubría el cuerpo y la dejó sobre la cama para llevarla al cesto de lavar. Se desabrochó los sujetadores y se entretuvo mirándose en el espejo. Se encontró guapa, sexy. Su melena rubia, larga y ondulada, caía sobre su pecho. Sus ojos, levemente rasgados y unos labios carnosos y carmesíes eran la primera página de un libro glorioso. Los 178 centímetros de altura de Jerrie estaban celestialmente repartidos. Tenía unos hermosos pechos ingrávidos, grandes, bien esculpidos y adornados con dos pezones generosos y pujantes. Pasó la mano por su cintura, delgada y firme, y por sus caderas y su culo, bien torneados. Tres días semanales de gimnasio, masajes y sesiones de estética y peluquería regulares, maquillaje de calidad. Nada quedaba al azar. No en vano, Jerrie era una top en “mundosexoanuncio.com”, la página de contactos estrella de la capital, en que se venía anunciando desde hacía dos años, cuando se inició en el mundo de las chicas de compañía. Su anuncio era uno de los más destacados y visitados, pero Jerrie no aceptaba a cualquier cliente ni se excedía en sus encuentros diarias. Pocos, bien trabajados, a conciencia, con devoción. Y muy bien pagados, como merecía un servicio de aquel calibre.

Caminó sin prisa hacia la baño de su suite y le dio al agua. Ducha templada. Al llegar al cesto de la ropa sucia, echó la blusa del día y se bajó las bragas para dejarlas allí también. Su pene, grueso y de buen tamaño, cayó con suavidad sobre sus muslos. Sin perder su volátil andar, se acercó a la ducha y entró a probar la temperatura. Perfecta. El tacto del agua tibia cayendo sobre su piel, humedeciendo todo su cuerpo y devolviéndole el sosiego perdido a lo largo del día, le resultó placentero hasta lo sensual. A pesar de sus dos servicios, sintió que su cuerpo aún pedía atenciones, nada apresurado ni intenso, solo un poco más de placer para dar la bienvenida al sueño. Recordó a una clienta de dos días atrás. Era una chica lesbiana que la había llamado porque sentía curiosidad por practicar sexo con alguien que tuviera un buen miembro entre las piernas. Elsa, se llamaba, una niña encantadora y muy entregada. No le gustaban los hombres pero tenía una fantasía con penes y quién mejor que Jerrie para hacerla real. Le pareció delicioso. El mejor sexo oral en mucho tiempo. Elsa se empleó en aquella mamada como si fuera una experta, con dulzura y deleite a partes iguales. Disfrutó de pasear su lengua por el largo sexo de Jerrie, jugando con él, lamiéndolo y besándolo como no solían hacer los hombres, más impulsivos y atropellados, ni tampoco las mujeres heterosexuales, normalmente muy maquinales. Cuando la montó, Elsa se mostró natural y sedienta de placer en todo momento, nunca violenta o incómoda. Fue precioso, recordó Jerrie, que ya tenía el pene erecto y se lo acariciaba lentamente con la ayuda de un poco de gel de ducha.

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