LA CHICA DE LA CURVA. PARTE 3

Echó el cuerpo hacia atrás y tocó el claxon con la espalda. Yo di un respingo del susto y miré a mi alrededor instintivamente pero ella ni se inmutó, seguía a lo suyo. Se rió de mi reacción mientras me bajaba la cremallera y me la sacaba. Estaba tan caliente que sentí un orgullo primitivo al ver aquella hermosa polla erecta saliendo del pantalón y le di gracias por existir. Ella la cogió con un mano y comenzó a masturbarme, arriba y abajo, arriba y abajo en toda su extensión, con cariño y una suave presión que iba en aumento. Yo estaba chorreando y deseando sentirla dentro de ella o de su boca. La chica emitió un “uhmmm” travieso que acabó de matarme, se apartó hacia el asiento del copiloto, se inclinó sobre mí y empezó a comérmela tal y como lo había hecho todo hasta ese momento, lento, apretando lo justo, jugando con el glande, metiéndosela en la boca y sacándola lo justo para poder lamerla con una lengua exploradora que me pareció celestial. Lo hacía como se hace lo que te gusta, lo que disfrutas haciendo. Esta vez fui yo quien echó el cuerpo y la cabeza hacia atrás y un “graciaaass” se me escapó de la boca. “¿Esto está pasando de verdad?”, se me cruzó por la cabeza en un momento dado.
Cuando empezaba a creer que no podría evitar correrme si seguía por ahí, ella, muy hábil, supo parar. Me pidió, más con gestos que con palabras, que abriera la puerta de mi lado. Al principio no reaccioné, pero al pronto caí en que quería sentarse sobre mí y la puerta se lo impedía. La abrí. Ella hizo lo más excitante que había hecho hasta entonces. Es una de esas imágenes que se te graban en la retina para el resto de tu vida. Se sentó a horcajadas sobre mí con su culo apretando mi polla, que estaba a punto de reventar, se alzó un ápice y con una mano se apartó la parte de abajo del bikini, que yo no podía ver porque la faldita se le abría por un lateral y tapaba aquella dulzura de coño que me estaba imaginando. Me la cogió con mucho mimo, la colocó en la entrada de su vagina y volvió a bajar hasta clavársela por completo. Así se quedó unos segundos. Luego inició un movimiento lento y vertical, aumentando el ritmo y gimiendo con suavidad pero de una forma tan sensual que recé para que acabara porque yo sentí que no podría contenerme mucho más. Cuando el volumen de sus grititos tocó techo empezó mi cuenta atrás. Ella echó los brazos por detrás de su espalda, agarrándose al volante y dejándose caer sobre él, apretó su culito aún más sobre mí y sin levantarse se puso a girar en círculos sobre mi desesperada polla. “Dios, me voy a correr…”, le advertí convencido de que no me habría entendido. Ella estaba temblando y volvió al movimiento vertical más y más rápido. Ahí supe que estaba a punto de alcanzar el orgasmo y me dejé llevar sin poner freno. Me derramé y me vacié como si no hubiera tenido sexo en meses (cosa que no se alejaba de la realidad). Sentí un largo escalofrío y una corriente cálida que salía de mí y se precipitaba en su interior. Durante unos segundos no me pude mover. Ella se quedó reclinada sobre el volante y yo sobre el respaldo de mi asiento. La puerta de mi lado abierta de par en par. Solo en ese momento me planteé que estábamos en una zona de tránsito de coches, aunque nos hubiéramos alejado unos metros de la calzada principal. Qué más daba.
Me incorporé y la miré. Ella me volvió a sonreír y suspiró de puro placer, se acercó a mí y me dio un largo beso, se colocó la falda y volvió a su asiento. Compuso un poco su bolsa y me obsequió con un “thank you” que me sonó auténtico. Se bajó y la vi cruzar la carretera en dirección a un grupo de bloques que quedaba justo frente a nosotros, a poca distancia. Mientras se marchaba moviendo aquel espléndido culo que hacía unos segundos se estaba restregando contra mí, recordé que no le había pedido el teléfono ni… Qué más da. No estaba para reflexiones. No podía creerme lo que me acababa de pasar. Puse en marcha el coche, todavía aturdido, y solo fui capaz de pensar en un cambio de planes obligado. Casa y ducha primero. Cena y cerveza fría después. O mejor, un whisky. Doble. Había llegado el verano.

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