LA CHICA DE LA CURVA. PARTE 2

Cuarenta metros, treinta, veinte… Y justo en ese instante levanta el pulgar y empieza a moverlo hacia mí. Yo, como un verdadero anormal, le devuelvo el gesto con mi pulgar hacia arriba mientras paso junto a ella. Es entonces cuando una luz se enciende en mi cabeza y caigo en la cuenta de que la chica estaba haciendo autostop. Joder. Lo peor de la rutina no es la rutina en sí, lo peor es que te atonte de tal manera que ya no sepas ver cuándo la vida te da una oportunidad de salir de ella. No sé cómo, de la peor manera, seguro, me encontré en el arcén, a la derecha, parado con el coche en leve diagonal y las luces de emergencia parpadeando. Varios vehículos pasaron a mi lado abusando del claxon. En los labios de un conductor creí leer «gilipollas».
Miré por el retrovisor y pensé que no sabía qué hacer exactamente, pero no hizo falta tomar ninguna otra brillante decisión. La chica rubia de la faldita vaporosa venía hacia mi coche con la misma sonrisa que adornara su rostro cuando la vi. Al llegar al coche se apoyó en la ventanilla. Sus bonitos senos me ofrecieron una magnífica perspectiva y es de suponer que puse cara de bobo. Intenté disimular pero no pude evitar hacerle un repaso general ajeno a mi voluntad. No era una bomba de chica pero me cayó en gracia, me pareció encantadora y muy sexy. O es que yo ya no pensaba con lo que debía. En un esforzado español me preguntó si «tú vas Barcelona». Le dije que sí, claro, como hubiera dicho igual si me hubiera preguntado por Jerez de la Frontera, y que se subiera, que la llevaba. Se montó en el coche y se acercó a mí para darme dos besos. En cuanto sentí cerca el calor de aquel cuerpo medio desnudo empezaron a temblarme hasta las pestañas. Joder, pensé, como si no hubieras visto a una mujer en toda mi vida.
El resto del viaje fue extraño, tan agradable como estresante, al menos por lo que a mí respecta. Estaba excitado pero quería mostrarme simpático y natural, parecer abierto y desenvuelto. Todo ello mientras procuraba recuperar a marchas forzadas mis remotos conocimientos de idiomas. Nos reímos un par de veces, quise hacer un chiste que no pude rematar e intenté comprender cómo era posible que una vez sacase un siete y medio en inglés cuando iba al instituto. Ella parecía disfrutar del paseo y sonreía todo el tiempo, como si estuviera de excursión con el colegio. Me preguntó varias cosas en inglés y alguna otra en ese español de guía turística que tenía (mejor que mi inglés, a decir verdad). Cuando lo hacía siempre me miraba directamente a los ojos con esos ojos azul celeste suyos. Me fascinaba aquella confianza, actuaba como si hubiera entre nosotros una complicidad que no podía existir. Y sonreía. Todo el rato. Serán así, las extranjeras, me dije, más sociables, con más mundo, menos pamplinas que las españolas. Mientras iba pensando en cómo preguntarle que si estaba de vacaciones y que si me daba su teléfono, fui consumiendo camino hasta que me encontré en la entrada de Barcelona. Por lo que pude entresacar, me preguntaba que si la podía dejar por la zona del Forum y yo, por supuesto, accedí.
Ok. Ya sabía cómo armar las frases para preguntarle lo que quería saber, lo haría en cuanto aparcara. Tomé la salida 24 de la ronda litoral y vi acercarse a los primeros edificios. Debía prepararme. Entonces fue ella quien me dijo que parase. Debía de haber cinco o diez minutos hasta la civilización pero accedí. «¿Here?», acerté a decir. «Sí», se limitó a responder mientras ampliaba su sonrisa y me señalaba una callejuela a la izquierda que no parecía llevar a ningún lugar. Pensé que iba a colocarse la bolsita bien y a salir sin más del coche, pero se inclinó hacia mí y me dio dos besos más. En el último, sin embargo, se entretuvo demasiado. No pude llegar a planteármelo más porque antes de poder reaccionar, con su cara aún pegada a la mía, noté cómo deslizaba su mano por mi muslo hasta alcanzar mi entrepierna. La miré sorprendido pero ella ni se inmutó. Empezó a masajearme el paquete lentamente, con ganas, sin prisa. Ni que decir tiene que yo la tenía dura como una piedra. Llevaba veinte minutos de coche acumulando tensión y ahí me disparé. La cogí por el cuello y me lancé sobre su boca, ella gimió y me respondió sin contemplaciones. Lento, húmedo y sin detener el movimiento de su mano entre mis muslos. Ojalá todas las mujeres fueran así de directas, tuve tiempo de desear. Tenía una lengua juguetona, me lamió el cuello y volvió a sonreír mientras se mordía el labio de abajo y me introducía la mano bajo el pantalón hasta encontrar su objetivo. Para ella era un juego, supuse, un entretenimiento veraniego sin importancia, como para mí la cerveza en el chiringuito. Pero aquella vez la lotería me había tocado a mí y pensaba aprovechar la ocasión. Le aparté el bikini y me quedé un par de segundos disfrutando de las vistas. Tenía unas tetas preciosas, tamaño medio, redondas y firmes, y había hecho topless, porque no había marca visible, algo que me da mucha manía. Las envolví con ambas manos y las masajeé gustosamente, luego me abalancé sobre ellas y me las comí como si fueran un manjar.

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