EL REPARTIDOR . Parte 2

Entonces se iluminó una bombilla en mi cabeza. Era una puta. Una parte de mí se sintió decepcionada al comprobar que no era yo sino mi dinero lo que la había atraído pero a otra parte aquello ya le daba lo mismo. “Eres un chico guapo, simpático, te mereces un regalito especial. ¿Tienes teléfono?”, me enjabonó mientras se me acercaba. “Pues aquí no”, respondí excitado. “Ooh, qué pena”, dijo Viky. Pero no se quedó quieta, siguió acercándose, me empujó suavemente contra el espejo, acercó sus labios a los míos y me comió la boca lenta y profundamente. Metió la mano bajo mi pantalón y se encontró con mi miembro, duro como la piedra. Empezó a pajearme sin prisa, moviendo la mano en la medida que podía, que era poca. La postura era bastante incómoda, pero a mí me pareció que estaba en el cielo del morbo. “A ti te voy a hacer un precio especial”, me dijo volviendo a sonreír y jugando a hacerme creer otra vez que le había gustado realmente. Al sonar la campanita y abrirse las puertas del ascensor me cogió de la mano y me llevó hacia el fondo a la derecha, bajo el hueco de la escalera. Me empotró contra la pared y siguió besándome, moviendo su lengua dentro de mi boca y metiendo las manos bajo mi camiseta. Bendito polo de “Rapid-Pizza”. Victoria-Viky no se andaba con contemplaciones, me desabrochó el cinturón, me bajó los pantalones y liberó a mi ansiosa polla, que surgió hacia la libertad como si llevara mil años encerrada bajo la ropa. Se subió el vestido y se bajó el tanga, que quedó prendido de uno de sus tobillos. Cogió mi miembro con la mano y comenzó a restregárselo por el sexo con fuerza. Noté la suave humedad de sus labios e intuí la entrada maravillosa de su coño. Antes de que pudiera empujar llevado por la impaciencia, se arrodilló y se la introdujo en la boca hasta el final, luego la sacó y comenzó a lamerla por toda su superficie, jugueteando, desde los huevos hasta el extremo. Hubiera querido correrme en un segundo y al mismo tiempo no terminar nunca. Sin dejarme pensar, Viky abrió ligeramente las piernas pero pronto descubrió que nuestra altura dificultaba la maniobra. Yo era algo más alto que ella pero sus tacones jugaban en mi contra. Rápida y eficiente, se descalzó y quedó a la altura perfecta. La cogí por la cintura con las manos y la penetré cómodamente desde mis diez centímetros de ventaja. Adentro, afuera, adentro, afuera, a buen ritmo y sin parar. Mi cabeza estaba en otro mundo. “Avísame, cariño, te regalo uno sin gomita pero avísame”, susurró ella. Creo que dije que sí. Se apartó los tirantes y dejó al descubierto un soberbio par de tetas. Al soltar la cintura para agarrarlas con las dos manos sentí que estaba perdido. Se había acabado la ilusión del control. Buen caballero, cumplí mi promesa. Al notar que estaba a punto de descargar salí de dentro de ella con gran pena pero Victoria era atenta y no me permitió perder el clímax. Volvió a meterla en su boca y se empleó a fondo hasta que, no más de treinta segundos después, me corrí gustosamente en su boca. Para mi sorpresa, se lo tragó todo sin miramientos y me concedí pensar que aquello no lo hubiera hecho con todo el mundo.

Yo aún estaba alucinado contra la pared y con los pantalones en el suelo, pero ella era una profesional y lo tenía más fácil. Se colocó el tanga en un santiamén, se bajó el sucinto vestido, devolvió los zapatos a sus pies sin tocarlos con las manos y ya estaba lista. “¿Te ha gustado?”, no sé si quiso saber o preguntó por cortesía. “Ha sido el mejor reparto de mi vida”, dijo yo y le arranqué otra carcajada. “Qué bueno, amor”, remató dándome un pico cariñoso. “A mí también me ha gustado mucho. Si quieres que nos veamos otra vez… Búscame. Estoy en “mundosexanuncio.com”. Soy Victoria, de Barcelona. Llámame algún día y nos vemos con más tiempo”. “Vale”, le dije sin saber si me estaba comprometiendo o solo hablaba por hablar. Cuando se marchaba reparé en que no le había pagado. “¡Viky!”, grité, “Tu… dinero”, me costó decir. “Regalito. La próxima vez ya hablaremos. Que vaya bien el reparto. Ciao”. Y allí me dejó. Me pregunté cuánto rato habríamos estado, ¿diez, quince minutos? Supuse que poco, nadie se extrañaría en la pizzería. Además, yo solía ser demasiado rápido, no tardaría más de lo normal para cualquier otro porter. Pasara lo que pasara el resto de la noche, ya había sido La Noche. ¡Ah, ganó el Barça, 1-3 en el Bernabéu! Y soy culé. Hay días que todo te sale bien.

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