EL REPARTIDOR . Parte 1

Era un sábado de fútbol. Un Barça-Madrid en pleno agosto, rara avis que se presenta cuando resulta que uno ha ganado La Liga y el otro la Copa del Rey. Lo que debería ser una pachanga de verano se transforma en un duelo épico y las muchas horas de no hacer absolutamente nada se llenan de expectativas, de emociones encendidas y de diversión. Como aquel duelo era televisado en abierto, la opción de pedir la cena y verlo en casa ganó por goleada al bar de turno. Nos gusta el fútbol, somos un país futbolero, el opio del pueblo, que dicen. Sea como fuera, un sábado de fútbol repartía noticias de diferente cariz. Gran noticia para mi jefa de la pizzería, gran noticia para los televidentes (fútbol, cerveza y pizza forman un equipo de Champions League) y noticia tipo “corazón partío” para los repartidores. Muchas llamadas significaban propinas potencialmente altas que podían adivinarse mirando el resultado y las banderas que ondeaban en la casa de cada cliente, pero también quería decir estrés máximo. Muchos viajes, mucha velocidad, muchas infracciones del código de circulación, inevitables quejas porque cuando llevas tres o cuatro pedidos como mínimo uno va a llegar frío… Recordaba un Barça-Atleti de no hacía mucho en que estaba en juego el primer lugar de la clasificación y que se celebró también en sábado, en el que yo solo facturé cerca de 700€, lo que en aquel entonces constituía mi récord personal en una tarde-noche de 4 horas y media.

Llevaba tres pedidos en el cajón de la moto. Los dos primeros habían sido en el mismo barrio de la pizzería, fácil, rápido y caliente, como debe ser. 3´20€ de propina, que no es mal botín. El tercero suponía subir bastante al norte de la ciudad. Siempre creí que abarcábamos demasiado pero la jefa decía que no estaba el negocio como para decir que no a un pedido solo porque quedase lejos. Si el depósito lleno daba para ir y volver, se tomaba nota. La parte norte era una zona de barrios de casas y edificios elegantes. Un auténtico palo ir y venir pero un viaje que ofrecía la posibilidad de grandes propinas si te encontrabas con alguien generoso. Normalmente, o te llevabas un propinón o nada en absoluto. A veces, cuanto más se tiene menos se da. Llamé al interfono, solté el consabido “Rapid-Pizza, buenas noches” y me dirigí al ascensor. 34´90€, me dieron dos billetes de veinte y me dijeron que me quedase con el cambio. 8´30€ en una sola salida, iba a ser un buen día. Mientras volvía al ascensor calculé que en lo que llevaba de noche debía de haber acumulado ya unos veinte o veinticinco euros. No estaba nada mal. Antes de tocar al “0”, las manos de una mujer sujetaron las puertas. Al verla entrar se me cortó la respiración. Tenía rasgos latinos pero no muy evidentes, parecía una chica de piel blanca pero bronceada por el sol, más que una chica mulata. Pelo negro y largo, ojos grandes y oscuros, una boca apetecible y un cuerpo de escándalo. Llevaba una especie de vestidito de noche azul, de amplio escote y falda tan corta que pensé que en cualquier momento, si me fijaba bien, podría ver la prominencia de su sexo bajo las braguitas asomando por debajo. Completaban el atuendo unos zapatos de tacón. La chica me sonrió de una forma un tanto extraña, abierta, cálida. Las chicas guapas suelen hacerse las interesantes, se visten para llamar la atención pero luego actúan como si mirarlas fuera una falta de respeto, clavan la mirada en el suelo y apenas si saludan. Esta no. Por un momento pensé cándidamente que quizá había ligado. Quizá esta fuese una chica joven y extrovertida, tal vez me hubiese encontrado atractivo. El uniforme de la pizzería no es que sacara a relucir lo mejor de uno, pero no me tenía por un chico feo, así que, quizá, solo quizá, mi suerte aquella noche fuese más allá de lo previsto. “Buenaaas”, dije devolviéndole la sonrisa. “¿Trabajando un poco?”, inquirió ella. Pregunta retórica pero que me supo a gloria viniendo de ella. “Me da bola”, me dije. Bien. Le contesté que sí, que un poco, por decir algo, que algo había que hacer mientras acababa la carrera para pagarme mis salidas, añadí un poco por justificarme asumiendo que estaba delante de una chica de clase alta. “Victoria, Viky”, me informó ofreciéndome la mano para que la estrechase. “David”, repliqué. No sé si fruto de la euforia por mis propinas o del calentón, no se me ocurrió idea mejor que soltar una de mis gracias: “Podías haberte venido conmigo al reparto, les hubiera dicho que eran los clientes un millón y que les traía de regalo a un pibón”. Enseguida pensé que podía tomárselo mal, que había sido un poco grosero, pero no hizo falta rectificar. La chica soltó una carcajada. “Un regalo… ¿y por qué no te haces el regalo a ti?, ¿llevas dinero?”, disparó.

EL REPARTIDOR . Parte 2

Entonces se iluminó una bombilla en mi cabeza. Era una puta. Una parte de mí se sintió decepcionada al comprobar que no era yo sino mi dinero lo que la había atraído pero a otra parte aquello ya le daba lo mismo. “Eres un chico guapo, simpático, te mereces un regalito especial. ¿Tienes teléfono?”, me enjabonó mientras se me acercaba. “Pues aquí no”, respondí excitado. “Ooh, qué pena”, dijo Viky. Pero no se quedó quieta, siguió acercándose, me empujó suavemente contra el espejo, acercó sus labios a los míos y me comió la boca lenta y profundamente. Metió la mano bajo mi pantalón y se encontró con mi miembro, duro como la piedra. Empezó a pajearme sin prisa, moviendo la mano en la medida que podía, que era poca. La postura era bastante incómoda, pero a mí me pareció que estaba en el cielo del morbo. “A ti te voy a hacer un precio especial”, me dijo volviendo a sonreír y jugando a hacerme creer otra vez que le había gustado realmente. Al sonar la campanita y abrirse las puertas del ascensor me cogió de la mano y me llevó hacia el fondo a la derecha, bajo el hueco de la escalera. Me empotró contra la pared y siguió besándome, moviendo su lengua dentro de mi boca y metiendo las manos bajo mi camiseta. Bendito polo de “Rapid-Pizza”. Victoria-Viky no se andaba con contemplaciones, me desabrochó el cinturón, me bajó los pantalones y liberó a mi ansiosa polla, que surgió hacia la libertad como si llevara mil años encerrada bajo la ropa. Se subió el vestido y se bajó el tanga, que quedó prendido de uno de sus tobillos. Cogió mi miembro con la mano y comenzó a restregárselo por el sexo con fuerza. Noté la suave humedad de sus labios e intuí la entrada maravillosa de su coño. Antes de que pudiera empujar llevado por la impaciencia, se arrodilló y se la introdujo en la boca hasta el final, luego la sacó y comenzó a lamerla por toda su superficie, jugueteando, desde los huevos hasta el extremo. Hubiera querido correrme en un segundo y al mismo tiempo no terminar nunca. Sin dejarme pensar, Viky abrió ligeramente las piernas pero pronto descubrió que nuestra altura dificultaba la maniobra. Yo era algo más alto que ella pero sus tacones jugaban en mi contra. Rápida y eficiente, se descalzó y quedó a la altura perfecta. La cogí por la cintura con las manos y la penetré cómodamente desde mis diez centímetros de ventaja. Adentro, afuera, adentro, afuera, a buen ritmo y sin parar. Mi cabeza estaba en otro mundo. “Avísame, cariño, te regalo uno sin gomita pero avísame”, susurró ella. Creo que dije que sí. Se apartó los tirantes y dejó al descubierto un soberbio par de tetas. Al soltar la cintura para agarrarlas con las dos manos sentí que estaba perdido. Se había acabado la ilusión del control. Buen caballero, cumplí mi promesa. Al notar que estaba a punto de descargar salí de dentro de ella con gran pena pero Victoria era atenta y no me permitió perder el clímax. Volvió a meterla en su boca y se empleó a fondo hasta que, no más de treinta segundos después, me corrí gustosamente en su boca. Para mi sorpresa, se lo tragó todo sin miramientos y me concedí pensar que aquello no lo hubiera hecho con todo el mundo.

Yo aún estaba alucinado contra la pared y con los pantalones en el suelo, pero ella era una profesional y lo tenía más fácil. Se colocó el tanga en un santiamén, se bajó el sucinto vestido, devolvió los zapatos a sus pies sin tocarlos con las manos y ya estaba lista. “¿Te ha gustado?”, no sé si quiso saber o preguntó por cortesía. “Ha sido el mejor reparto de mi vida”, dijo yo y le arranqué otra carcajada. “Qué bueno, amor”, remató dándome un pico cariñoso. “A mí también me ha gustado mucho. Si quieres que nos veamos otra vez… Búscame. Estoy en “mundosexanuncio.com”. Soy Victoria, de Barcelona. Llámame algún día y nos vemos con más tiempo”. “Vale”, le dije sin saber si me estaba comprometiendo o solo hablaba por hablar. Cuando se marchaba reparé en que no le había pagado. “¡Viky!”, grité, “Tu… dinero”, me costó decir. “Regalito. La próxima vez ya hablaremos. Que vaya bien el reparto. Ciao”. Y allí me dejó. Me pregunté cuánto rato habríamos estado, ¿diez, quince minutos? Supuse que poco, nadie se extrañaría en la pizzería. Además, yo solía ser demasiado rápido, no tardaría más de lo normal para cualquier otro porter. Pasara lo que pasara el resto de la noche, ya había sido La Noche. ¡Ah, ganó el Barça, 1-3 en el Bernabéu! Y soy culé. Hay días que todo te sale bien.

Jerrie . Parte 1

Llegó a casa sobre las nueve y media de la noche. A esas alturas del año, recién estrenado el verano, todavía alumbraban en el cielo los destellos de la última luz del día. Estaba un poco acalorada pero se sentía bien. Había sido un buen día de trabajo, dos servicios agradables, especialmente el primero. Había salido a la una del mediodía, después de una temprana y ligera sesión de gimnasio en un centro que le quedaba muy cerca de casa, y antes de comer. La primera de sus dos visitas de aquel día era a las dos en un domicilio particular del centro y la otra estaba concertada para las cinco en un confortable hotel de cuatro estrellas cerca de la estación de trenes, por lo que decidió comer algo fuera entre una y otra y ya no volver a casa hasta terminar con sus obligaciones. Todos los días podían ser como aquel. Se sentía satisfecha y agradablemente cansada. Dejó los tacones en la entrada y suspiró al sentir el suelo fresco bajo la planta de los pies. En su apartamento había aire acondicionado pero no le gustaba abusar de él y lo programaba el tiempo estrictamente necesario para estar a gusto y fresquita. Fue hacia su habitación. Era una alcoba amplia y de ambiente acogedor, elegante y con escaso mobiliario. Una cama inmensa ocupaba buena parte del espacio y había dos espejos, uno de cuerpo entero en la pared frente a la cama y otro en el techo, sobre ella. Se quitó la falda corta y la depositó con cuidado sobre la cómoda, luego se sacó los tirantes de la exigua blusita que le cubría el cuerpo y la dejó sobre la cama para llevarla al cesto de lavar. Se desabrochó los sujetadores y se entretuvo mirándose en el espejo. Se encontró guapa, sexy. Su melena rubia, larga y ondulada, caía sobre su pecho. Sus ojos, levemente rasgados y unos labios carnosos y carmesíes eran la primera página de un libro glorioso. Los 178 centímetros de altura de Jerrie estaban celestialmente repartidos. Tenía unos hermosos pechos ingrávidos, grandes, bien esculpidos y adornados con dos pezones generosos y pujantes. Pasó la mano por su cintura, delgada y firme, y por sus caderas y su culo, bien torneados. Tres días semanales de gimnasio, masajes y sesiones de estética y peluquería regulares, maquillaje de calidad. Nada quedaba al azar. No en vano, Jerrie era una top en “mundosexoanuncio.com”, la página de contactos estrella de la capital, en que se venía anunciando desde hacía dos años, cuando se inició en el mundo de las chicas de compañía. Su anuncio era uno de los más destacados y visitados, pero Jerrie no aceptaba a cualquier cliente ni se excedía en sus encuentros diarias. Pocos, bien trabajados, a conciencia, con devoción. Y muy bien pagados, como merecía un servicio de aquel calibre.

Caminó sin prisa hacia la baño de su suite y le dio al agua. Ducha templada. Al llegar al cesto de la ropa sucia, echó la blusa del día y se bajó las bragas para dejarlas allí también. Su pene, grueso y de buen tamaño, cayó con suavidad sobre sus muslos. Sin perder su volátil andar, se acercó a la ducha y entró a probar la temperatura. Perfecta. El tacto del agua tibia cayendo sobre su piel, humedeciendo todo su cuerpo y devolviéndole el sosiego perdido a lo largo del día, le resultó placentero hasta lo sensual. A pesar de sus dos servicios, sintió que su cuerpo aún pedía atenciones, nada apresurado ni intenso, solo un poco más de placer para dar la bienvenida al sueño. Recordó a una clienta de dos días atrás. Era una chica lesbiana que la había llamado porque sentía curiosidad por practicar sexo con alguien que tuviera un buen miembro entre las piernas. Elsa, se llamaba, una niña encantadora y muy entregada. No le gustaban los hombres pero tenía una fantasía con penes y quién mejor que Jerrie para hacerla real. Le pareció delicioso. El mejor sexo oral en mucho tiempo. Elsa se empleó en aquella mamada como si fuera una experta, con dulzura y deleite a partes iguales. Disfrutó de pasear su lengua por el largo sexo de Jerrie, jugando con él, lamiéndolo y besándolo como no solían hacer los hombres, más impulsivos y atropellados, ni tampoco las mujeres heterosexuales, normalmente muy maquinales. Cuando la montó, Elsa se mostró natural y sedienta de placer en todo momento, nunca violenta o incómoda. Fue precioso, recordó Jerrie, que ya tenía el pene erecto y se lo acariciaba lentamente con la ayuda de un poco de gel de ducha.

Jerrie . Parte 2

Jerrie sabía cómo tocar a una persona, fuera hombre o mujer, ese instinto estaba muy despierto en ella. Había crecido luchando contra su cuerpo hasta aprender a amarlo y en ese largo y a veces tortuoso trayecto aprendió a mimarlo y satisfacerlo. Durante unos minutos continuó masajeando su pene y lo contempló con orgullo. Sus dedos resbalaban sobre la piel húmeda y enjabonada. Se acarició el glande, apretándolo entre sus dedos índice y pulgar, y deslizó la mano derecha hacia abajo, buscando sus testículos y su periné hasta llegar al ano. Lo estimuló con dos dedo mientras con la mano izquierda se acariciaba un pecho. Entonces se acordó de Raúl, el primer chico con el que había estado aquella tarde. Jerrie disfrutaba con una mujer, pero a ella le gustaban los hombres y si eran un poco aniñados aún mejor. Raúl le pareció un caramelo desde que le abriera la puerta de su apartamento de soltero. Supo de inmediato que pasaría un buen rato con él y el joven no la decepcionó. Otra combinación más en el maravilloso mundo del sexo, un chico hetero, amante de las mujeres, pero con ganas de saber qué se sentía haciendo el amor con una chica transexual. Y nuevamente, ¿quién mejor que Jerrie?, la estrella de mundosexanuncio, la starlette de la casa, la divina Jerrie.

Raúl la colocó de espaldas sobre la cama, se situó de rodillas entre sus piernas y la penetró con firmeza mientras la sujetaba por ambos tobillos. Aquellos vaivenes hicieron que Jerrie empezara a mover las caderas al son del recuerdo e introdujera la punta de los dedos en su ano. Salió a medias de la ducha, estiró la mano y abrió un cajón del armarito para extraer un consolador que guardaba para sus duchas especiales. Necesitaba un poco más. Adhirió el artefacto con sus ventosas a la pared de atrás, a una altura que conocía bien, se inclinó hasta que su cuerpo y sus piernas estuvieron en ángulo recto y con una mano llevó la punta del objeto hasta la entrada de su culo. Primero la dejó allí, se regaló esos segundos de sentirla en la entrada, anunciando el siguiente paso. Entonces hizo unos sutiles movimientos circulares y se lo introdujo hasta la mitad, recordando a Raúl empujar contra ella. Antes de acabar, el chico extrajo su pene y lo hermanó con el miembro de Jerrie, los frotó los dos a la vez con ambas manos hasta que se corrieron al tiempo. A Jerrie le encantó, le pareció un amor. Suspiró de placer al rememorarlo. Se apretó contra el consolador y lo dejó entrar un poco más mientras se masturbaba, ahora con ganas, buscando el orgasmo, que no tardó. Al notar que se acercaba el momento y que ya no podía ni quería retenerse, se quedó quieta, frenó las caderas y redujo al mínimo el movimiento de la mano, permitiendo que su néctar blanco recorriese el camino sin urgencia, gozando cada milímetro. Un chorro poderoso y espeso surgió de repente y se proyectó hasta topar con la mampara de vidrio. Jerrie saboreó la descarga y la dulce sensación de debilidad posterior.

Ya fuera de la ducha, frente al espejo del baño, volvió a mirarse. Su sexo aún conservaba un grosor y una longitud respetables. Su cuerpo, todavía húmedo por el vapor, y el color de su rostro, levemente ruborizado, le parecieron deseables. Se acercó al bolso, sacó su teléfono móvil y se fotografió frente al espejo antes de que su pene perdiera aquel goloso tamaño. Tecleó ” www.mundosexanuncio.com “, entró en su anuncio y añadió la foto a su estudiado repertorio. Solo un servicio para el día siguiente, uno especial, largo. Descansaría bien y en unas horas estaría preparada para repartir cariño y sexo, lo que mejor sabía hacer.

CUMPLEAÑOS CON FINAL FELIZ. Parte 1

Cuando tus cuatro mejores amigos te citan en un restaurante céntrico y la excusa es celebrar tu 30 cumpleaños sabes que algo va a pasar. Carlos cambiaba de década y llevaba varias semanas diciendo que no le apetecía en exceso celebrarlo como si fuera un acontecimiento. Una cena, unas copas como si fuera un sábado cualquiera y poco bombo, pero con esta gente uno nunca sabía. La idea de cambiar de decena no le ilusionaba. Claro que no eres más que un día más viejo y que toda otra consideración es absurda pero igualmente prefería que no le recordaran que el tiempo corre, tenía aún demasiadas cosas pendientes, cosas que no había hecho, planes que llevar a cabo. Y no todos eran compatibles con la inexorable madurez. “Solo tienes treinta años, eres un yogurín”, le había dicho Marta, la directora de la sucursal de Caja Norte donde trabajaba. Aguardando a que el semáforo cambiara de color, se evadió pensando en Marta. Debía de rondar los 45, una madurita en todo regla. Era una mujer de buen carácter, trabajadora, disciplinada y organizada pero no especialmente sargenta. No obstante, el hecho de combinar su condición de JEFA con aquella falda por la rodilla y aquellos tacones, que retumbaban al chocar contra el suelo cada vez que cruzaba la oficina, hacía de ella un objeto de deseo y de morbo permanente. Cuántas veces se había imaginado llevándola o encontrándose con ella en el cuartito de mantenimiento y poniéndola contra la pared para penetrarla desde detrás, asido con las dos manos a aquellos magníficos pechos. Una vez, llevado por la fantasía, se la quedó mirando más rato de la cuenta completamente ido y ella le interpeló: “Carlos, ¿te pasa algo conmigo?” Qué mal lo pasó al sentirse descubierto, si es que ella notó algo. La decencia es algo que conviene aparentar mucho antes que ejercer.

Llegó al restaurante y preguntó por José, su amigo y encargado de reservar mesa. La camarera le acompañó hasta el lugar. Una chica latina muy apañada. Se planteó seriamente que estaba demasiado salido y que aquello le iba a colocar alguna vez en una situación comprometida de verdad. Debía abrir etapa de búsqueda de pareja estable ya. Eso o salir más, pero el caso era que a pesar de ser un “yogurín”, la caza nocturna y sus imponderables cada vez le daban más pereza. Allí estaban los cuatro magníficos, de risas y dando cuenta ya de una botella de vino de la casa. “¿Me he perdido algo”?, les dijo repartiendo animosos achuchones. Todo fue normal, Carlos esperaba alguna trastada durante la cena pero no ocurrió nada fuera de lo previsto. Comer, beber, hablar de mujeres, de fútbol y reírse un poco los unos de los otros. Al llegar los postres, cada cual pidió lo que mejor le pareció, Carlos una copa de nata con nueces. La camarera trajo todo en dos viajes, pero en el segundo, cuando le tocó servir a Carlos, le colocó una bandejita con un sobre encima. Carlos sonrió, suspicaz, y  miró a sus amigos. “Cheque en blanco. Vale por una noche de sexo con quien tú quieras”, rezaba la nota de dentro. “¿En serio?, ¿me vais a pagar una puta? No me lo puedo creer…”, se desconcertó Carlos. “Es tu día”, le contestó Sergio. Marcos sacó su flamante móvil nuevo y lo puso sobre la mesa. Por lo que le explicaron, habían estado investigando en la red. Querían ofrecerle un servicio de escorts de calidad, con variedad de chicas, serio y de confianza, y habían dado con la web “mundosexoanuncio.com”. Había chicas de todo tipo, cualquier servicio, cualquier capricho podías encontrarlos en cualquier ciudad importante de cualquier provincia del país. “Lástima que no esté la MILF de tu oficina, Carlos”, se rió Marcos.

El mismo Marcos les confesó que la tarde que estuvieron trasteando por la red hasta encontrar mundosexoanuncio se fue a casa “más caliente que el palo de un churrero” y escribió a una puta. “Escort, perdón”, rectificó. “Encontré un servicio de masajistas orientales. No es que me atraigan mucho los masajes, siempre me pareció que si vas a follar lo que menos te apetece son las pamplinas, vaya, que eso del masaje es algo más íntimo, más personal, con tu novia o algo así… “, les contaba, “Pero es que aquí salen unas fotos de las chicas increíbles y cuando vi a las asiáticas se me dispararon las hormonas. Había dos que te quitaban el hipo y al final me decidí por la que parecía más aniñada, 25 años, decía que tenía la muchacha… Qué preciosidad, un cuerpecito que parecía de seda, piel blanquita y unas buenas tetas. No era de estas japonesas o chinas con las tetas pequeñas, sería de otro lugar de Asia, no sé, pero estaba bien dotada, te lo digo, y tenía los ojos menos rasgados y más labios. Una muñeca. Así que después de dudar un poco… la llamé”. “Yo nunca me he ido de putas”, “Ni yo”, dijeron José y Luís.

CUMPLEAÑOS CON FINAL FELIZ. Parte 2

“Yo sí”, saltó Sergio, “Con una brasileña de infarto… Una fantasía que tenía desde que me la cascaba con catorce años”. “Pues esta oriental estaba para comérsela”, prosiguió Marcos, el más avezado en el tema, según parecía,  “Tenía el chochito depilado y con aquellas peras podía haber amamantado a un equipo de fútbol”, se explayó. Aquel fue el mejor momento de la cena, el nivel de sus bravuconadas subió y se rieron a gusto hasta que le tocó al homenajeado. “Bueno, ¿y tú qué vas a elegir? Podías hacerlo ahora y así nos reímos un poco más”. A Carlos le avergonzaba un poco buscar delante de ellos, hablar del tema de forma impersonal era más fácil que exponerse abiertamente pero tanto insistieron que acabó confesando: “A mí me ponen mucho las maduras, un mujer hecha y derecha, de las que están ya curtidas y saben lo que tienen que hacer”. Dieron vueltas a las páginas y encontraron muchos anuncios que encajaban con lo que Carlos quería, eligieron candidatas entre todos pero finalmente no optó por ninguna en concreto y se reservó la decisión para su casa.

Alternaron hasta tarde, vieron salir el sol y aún aguantaron un rato más apurando la última copa y la última risa. Ya era oficial, día 27 de junio, 30 años. Un treintañero. Al llegar a casa eran las siete de la mañana pasadas pero aun estando cansado no fue capaz de coger el sueño. Tras un par de tumbos sobre la cama, cogió el móvil y volvió a visitar la web de contactos. Miró con calma, notando que la proximidad de la elección le iba calentando y se encontró con Jimena. “Jimena, escort madurita (no especificaba edad), tu sueño hecho realidad. El punto justo entre la frescura de la juventud y el sabor de la madurez. Un cuerpo lleno de curvas en las que vas a perderte, pechos grandes y naturales, un culito que pide atención a gritos. Entrega, implicación y atención a todos tus deseos. Trato de novios o cañero, tú eliges. Te haré sentir tan cómodo y tan a gusto entre mis brazos y entre mis piernas que no vas a querer irte. Todos los servicios…”. Para cuando acabó de leer las breves líneas de presentación ya tenía una erección monumental y cuando vio las fotos tuvo claro que Jimena sería la escogida. Unos ojazos oscuros y seductores y unos labios carnosos, cara redondita y pelo rubio oscuro, media melena. Unos pechos grandes y suculentos y unas piernas y un culo que sin duda merecían atenciones. Con la mano temblorosa por la excitación creciente, se animó a escribirle un whatsapp. Se las apañó para ir  juntando las letras con una mano y se masturbaba con la otra. Pensaba que se correría, se echaría a dormir y ya recibiría respuesta cuando fuese a lo largo del día, pero Jimena fue rápida. “Hola, cielo, ¿nos conocemos?”, fue su pregunta. Pocas veces una pregunta tan simple y neutral le pareció a Carlos más excitante. Nervioso y desubicado, le contó lo que había sucedido, su cumpleaños, sus amigos, su regalo, que era la primera vez… Y lo explicó todo con una sinceridad tal que a él mismo le resultó tremendamente ingenuo. Pero en apariencia aquello le cayó en gracia a la escort, que siguió hablando con él, calentándole y explicándole todos los detalles de sus servicios durante unos minutos. Por lo visto llegaba de realizar un servicio nocturno, una noche larga, y necesitaba descansar, pero podrían verse aquel mismo día si él quería. Carlos se atrevió a preguntarle si era realmente como en las fotos o estaban trucadas o eran falsas. Jimena no contestó con palabras. En vez de eso, aprovechando su inminente paso por la ducha, fue a su habitación, se desvistió, se quitó bragas y sujetador, se sentó en la cama y apoyándose en la cabecera, con las piernas dobladas y bien abiertas y los senos reivindicándose al frente, se hizo un selfie que envió a Carlos. La foto tuvo un efecto fulminante. Carlos subió una marcha y se corrió como un adolescente a los pocos segundos, tras lo cual se propuso no volver a masturbarse en lo que quedaba de día hasta encontrarse con Jimena. Quedaron a las siete de la tarde y quería llegar con las ganas y las reservas intactas. Qué haría durante todas esas horas de antes era otra cuestión, porque lo que parecía evidente era que no se iba a dormir.

LA CHICA DE LA CURVA. PARTE 1

18:15, decía el reloj. Las seis y cuarto, lo que significaba que había vuelto a salir tarde del trabajo. Solo eran quince minutos de más, ya sé, pero no podía evitar pensar que si sumara todos los cuartos de hora solo aquel mes me hubieran debido un día de vacaciones. No es que importase, supongo que simplemente estaba cabreado y probablemente fuera porque estaba cansado y agobiado. Desde que me levanté aquella mañana había tenido la sensación absurda de que el mundo estaba en mi contra, cuando seguramente era yo quien estaba harto de todo lo que me rodeaba. Y además hacía un calor insoportable.
Mientras caminaba hacia el coche me di cuenta de que me pasaba el día atrapado en rutinas circulares, hacía lo mismo, sentía lo mismo, incluso pensaba lo mismo. Ahora, como hacía últimamente cada vez que salía del trabajo, tocaba quejarse del sol, que caía a plomo sobre la tierra. A pesar de eso, mi impresión era que una nube negra pendía sobre mí, me sentía pesado yo mismo, espeso. Decidí que aquella tarde, en vez de ducharme, comer algo y después bajar a por la cerveza fría al bar de abajo de casa, haría al revés, empezaría por una, no, dos cervezas heladas y quizá cenase algo en el mismo bar. Había un buen partido pero no lograba recordar cuál. Tampoco me importaba. Solo necesitaba relajarme, dejar de pensar, dejar de hacer cosas que no fueran estrictamente agradables para mi cuerpo. Es lo único bueno de trabajar, pensé, que te regala esa sensación de haberte merecido pasar de todo lo demás y darte un gusto. Un polvo no estaría mal, se me ocurrió fantasear, y se me escapó una sonrisa. Era miércoles, no tocaba salir. Aunque, de todos modos, no es que salir fuera tampoco garantía de nada. Abrí el coche y me dejé caer en el asiento. La atmósfera dentro era irrespirable, el aire caliente te inundaba los pulmones. Corrí a abrir las ventanillas (recordándome que ya era hora de llevar el aire acondicionado a mirar), me quemé con el metal del cinturón de seguridad, dije alguna barbaridad, freno de mano, llave, embrague. Otra nueva rutina. Yo ya solo pensaba en la cerveza y vagamente en que me la tomaría sudado. Tampoco me importaba.
La nacional era como una procesión de Semana Santa. Sabía que era otra estupidez, pero de nuevo (siempre de nuevo) volví a pensar que “siempre me tienen que tocar a mí todos los gilipollas”, el que va lento, el que se salta un ceda, el que se incorpora sin poner el intermitente… Lo bueno del trayecto era que bordeaba la costa y aunque nunca fui muy de playa, relajaba levantar la cabeza cada tanto y ver el mar. Cuando te acercabas a los pasos peatonales se multiplicaban los personajes playeros, parejas, familias, solitarios… Todo un mundo. Me di cuenta entonces de que el verano no empieza cuando empieza el calor o cuando tiene a bien Don San Juan, sino cuando a uno le dan las vacaciones. Otro de los incentivos del viaje era que vez en cuando veías a alguna chica guapa, cosa que me alegraba y me crispaba por igual. No hay cosa peor que la tensión sexual no resuelta, en especial si eres soltero, como era el caso. También, a veces, aparecían grupitos de chicas jóvenes, siempre riendo, como si la vida fuera una fiesta. Raro era el día en que no elegía a “la chica del día”. Como aquel día la fila de coches casi no avanzaba, me propuse encontrar una bien espectacular, la que me acompañaría en mis fantasías de aquella noche. Una cara mona, un pelo recogido, una faldita volátil, de esas de playa, con flecos, unas buenas tetas, para qué engañarnos. En fin, que no buscaba a mi futura esposa, solo un poco de alegría para la vista y un poco de recordarme que estaba vivo. Y en esas estaba cuando apareció ella, a imagen de la chica de la curva, el cuento ese para meter miedo a los conductores nocturnos, pero sin curva. Casi como si hubiera estado escuchando mis pensamientos. Top mínimo, unos pechos turgentes que parecían querer escapar de su prisión de tela, faldita ligera y floreada, rubia, ella, pelo recogido, sonrisa simpática.

LA CHICA DE LA CURVA. PARTE 2

Cuarenta metros, treinta, veinte… Y justo en ese instante levanta el pulgar y empieza a moverlo hacia mí. Yo, como un verdadero anormal, le devuelvo el gesto con mi pulgar hacia arriba mientras paso junto a ella. Es entonces cuando una luz se enciende en mi cabeza y caigo en la cuenta de que la chica estaba haciendo autostop. Joder. Lo peor de la rutina no es la rutina en sí, lo peor es que te atonte de tal manera que ya no sepas ver cuándo la vida te da una oportunidad de salir de ella. No sé cómo, de la peor manera, seguro, me encontré en el arcén, a la derecha, parado con el coche en leve diagonal y las luces de emergencia parpadeando. Varios vehículos pasaron a mi lado abusando del claxon. En los labios de un conductor creí leer “gilipollas”.
Miré por el retrovisor y pensé que no sabía qué hacer exactamente, pero no hizo falta tomar ninguna otra brillante decisión. La chica rubia de la faldita vaporosa venía hacia mi coche con la misma sonrisa que adornara su rostro cuando la vi. Al llegar al coche se apoyó en la ventanilla. Sus bonitos senos me ofrecieron una magnífica perspectiva y es de suponer que puse cara de bobo. Intenté disimular pero no pude evitar hacerle un repaso general ajeno a mi voluntad. No era una bomba de chica pero me cayó en gracia, me pareció encantadora y muy sexy. O es que yo ya no pensaba con lo que debía. En un esforzado español me preguntó si “tú vas Barcelona”. Le dije que sí, claro, como hubiera dicho igual si me hubiera preguntado por Jerez de la Frontera, y que se subiera, que la llevaba. Se montó en el coche y se acercó a mí para darme dos besos. En cuanto sentí cerca el calor de aquel cuerpo medio desnudo empezaron a temblarme hasta las pestañas. Joder, pensé, como si no hubieras visto a una mujer en toda mi vida.
El resto del viaje fue extraño, tan agradable como estresante, al menos por lo que a mí respecta. Estaba excitado pero quería mostrarme simpático y natural, parecer abierto y desenvuelto. Todo ello mientras procuraba recuperar a marchas forzadas mis remotos conocimientos de idiomas. Nos reímos un par de veces, quise hacer un chiste que no pude rematar e intenté comprender cómo era posible que una vez sacase un siete y medio en inglés cuando iba al instituto. Ella parecía disfrutar del paseo y sonreía todo el tiempo, como si estuviera de excursión con el colegio. Me preguntó varias cosas en inglés y alguna otra en ese español de guía turística que tenía (mejor que mi inglés, a decir verdad). Cuando lo hacía siempre me miraba directamente a los ojos con esos ojos azul celeste suyos. Me fascinaba aquella confianza, actuaba como si hubiera entre nosotros una complicidad que no podía existir. Y sonreía. Todo el rato. Serán así, las extranjeras, me dije, más sociables, con más mundo, menos pamplinas que las españolas. Mientras iba pensando en cómo preguntarle que si estaba de vacaciones y que si me daba su teléfono, fui consumiendo camino hasta que me encontré en la entrada de Barcelona. Por lo que pude entresacar, me preguntaba que si la podía dejar por la zona del Forum y yo, por supuesto, accedí.
Ok. Ya sabía cómo armar las frases para preguntarle lo que quería saber, lo haría en cuanto aparcara. Tomé la salida 24 de la ronda litoral y vi acercarse a los primeros edificios. Debía prepararme. Entonces fue ella quien me dijo que parase. Debía de haber cinco o diez minutos hasta la civilización pero accedí. “¿Here?”, acerté a decir. “Sí”, se limitó a responder mientras ampliaba su sonrisa y me señalaba una callejuela a la izquierda que no parecía llevar a ningún lugar. Pensé que iba a colocarse la bolsita bien y a salir sin más del coche, pero se inclinó hacia mí y me dio dos besos más. En el último, sin embargo, se entretuvo demasiado. No pude llegar a planteármelo más porque antes de poder reaccionar, con su cara aún pegada a la mía, noté cómo deslizaba su mano por mi muslo hasta alcanzar mi entrepierna. La miré sorprendido pero ella ni se inmutó. Empezó a masajearme el paquete lentamente, con ganas, sin prisa. Ni que decir tiene que yo la tenía dura como una piedra. Llevaba veinte minutos de coche acumulando tensión y ahí me disparé. La cogí por el cuello y me lancé sobre su boca, ella gimió y me respondió sin contemplaciones. Lento, húmedo y sin detener el movimiento de su mano entre mis muslos. Ojalá todas las mujeres fueran así de directas, tuve tiempo de desear. Tenía una lengua juguetona, me lamió el cuello y volvió a sonreír mientras se mordía el labio de abajo y me introducía la mano bajo el pantalón hasta encontrar su objetivo. Para ella era un juego, supuse, un entretenimiento veraniego sin importancia, como para mí la cerveza en el chiringuito. Pero aquella vez la lotería me había tocado a mí y pensaba aprovechar la ocasión. Le aparté el bikini y me quedé un par de segundos disfrutando de las vistas. Tenía unas tetas preciosas, tamaño medio, redondas y firmes, y había hecho topless, porque no había marca visible, algo que me da mucha manía. Las envolví con ambas manos y las masajeé gustosamente, luego me abalancé sobre ellas y me las comí como si fueran un manjar.

LA CHICA DE LA CURVA. PARTE 3

Echó el cuerpo hacia atrás y tocó el claxon con la espalda. Yo di un respingo del susto y miré a mi alrededor instintivamente pero ella ni se inmutó, seguía a lo suyo. Se rió de mi reacción mientras me bajaba la cremallera y me la sacaba. Estaba tan caliente que sentí un orgullo primitivo al ver aquella hermosa polla erecta saliendo del pantalón y le di gracias por existir. Ella la cogió con un mano y comenzó a masturbarme, arriba y abajo, arriba y abajo en toda su extensión, con cariño y una suave presión que iba en aumento. Yo estaba chorreando y deseando sentirla dentro de ella o de su boca. La chica emitió un “uhmmm” travieso que acabó de matarme, se apartó hacia el asiento del copiloto, se inclinó sobre mí y empezó a comérmela tal y como lo había hecho todo hasta ese momento, lento, apretando lo justo, jugando con el glande, metiéndosela en la boca y sacándola lo justo para poder lamerla con una lengua exploradora que me pareció celestial. Lo hacía como se hace lo que te gusta, lo que disfrutas haciendo. Esta vez fui yo quien echó el cuerpo y la cabeza hacia atrás y un “graciaaass” se me escapó de la boca. “¿Esto está pasando de verdad?”, se me cruzó por la cabeza en un momento dado.
Cuando empezaba a creer que no podría evitar correrme si seguía por ahí, ella, muy hábil, supo parar. Me pidió, más con gestos que con palabras, que abriera la puerta de mi lado. Al principio no reaccioné, pero al pronto caí en que quería sentarse sobre mí y la puerta se lo impedía. La abrí. Ella hizo lo más excitante que había hecho hasta entonces. Es una de esas imágenes que se te graban en la retina para el resto de tu vida. Se sentó a horcajadas sobre mí con su culo apretando mi polla, que estaba a punto de reventar, se alzó un ápice y con una mano se apartó la parte de abajo del bikini, que yo no podía ver porque la faldita se le abría por un lateral y tapaba aquella dulzura de coño que me estaba imaginando. Me la cogió con mucho mimo, la colocó en la entrada de su vagina y volvió a bajar hasta clavársela por completo. Así se quedó unos segundos. Luego inició un movimiento lento y vertical, aumentando el ritmo y gimiendo con suavidad pero de una forma tan sensual que recé para que acabara porque yo sentí que no podría contenerme mucho más. Cuando el volumen de sus grititos tocó techo empezó mi cuenta atrás. Ella echó los brazos por detrás de su espalda, agarrándose al volante y dejándose caer sobre él, apretó su culito aún más sobre mí y sin levantarse se puso a girar en círculos sobre mi desesperada polla. “Dios, me voy a correr…”, le advertí convencido de que no me habría entendido. Ella estaba temblando y volvió al movimiento vertical más y más rápido. Ahí supe que estaba a punto de alcanzar el orgasmo y me dejé llevar sin poner freno. Me derramé y me vacié como si no hubiera tenido sexo en meses (cosa que no se alejaba de la realidad). Sentí un largo escalofrío y una corriente cálida que salía de mí y se precipitaba en su interior. Durante unos segundos no me pude mover. Ella se quedó reclinada sobre el volante y yo sobre el respaldo de mi asiento. La puerta de mi lado abierta de par en par. Solo en ese momento me planteé que estábamos en una zona de tránsito de coches, aunque nos hubiéramos alejado unos metros de la calzada principal. Qué más daba.
Me incorporé y la miré. Ella me volvió a sonreír y suspiró de puro placer, se acercó a mí y me dio un largo beso, se colocó la falda y volvió a su asiento. Compuso un poco su bolsa y me obsequió con un “thank you” que me sonó auténtico. Se bajó y la vi cruzar la carretera en dirección a un grupo de bloques que quedaba justo frente a nosotros, a poca distancia. Mientras se marchaba moviendo aquel espléndido culo que hacía unos segundos se estaba restregando contra mí, recordé que no le había pedido el teléfono ni… Qué más da. No estaba para reflexiones. No podía creerme lo que me acababa de pasar. Puse en marcha el coche, todavía aturdido, y solo fui capaz de pensar en un cambio de planes obligado. Casa y ducha primero. Cena y cerveza fría después. O mejor, un whisky. Doble. Había llegado el verano.

Lluvia de estrellas 21 y 22 de abril…

Las noches de hoy viernes y sábado estamos como todos los años en el momento de mayor visibilidad de lluvia de meteoros, lluvia de líridas o lluvia de estrellas como comunmente se le llama… Desde el día 18 que ya podemos ver algunas, pero será hoy y mañana su punto más alto.

Éste es uno de los fenómenos más fascinantes que nos otorga la naturaleza y por ello de siempre se ha asociado sexualmente el orgasmo femenino a la “lluvia de estrellas”…. Una explosión de meteoritos fugaces, con esa belleza inmersa en medio de la noche, son un símil auténtico a ese clímax de placer al que llega una mujer cuando se le estimula el clítoris o en el acto sexual…

Así que desde Mundosexanuncio esperamos que este fin de semana, a parte de lluvia de estrellas tengáis tod@s una fantástica y placentera lluvia de orgasmos…